Volvería a ser lo que soy: Una astronauta, no soy de tener los pies sobre la Tierra.

24.2.14

Entra al departamento y a tientas prende la luz. Resopla con mala gana porque es domingo otra vez. Es una bailarina descalza a la que le gusta pintar. Cubre las paredes de su departamento con sábanas blancas y se para en el medio de la habitación a escuchar los ruidos del tren que pasa a metros de su edificio. Se rasca la nariz y, distraída, posa sus profundos ojos azules sobre la taza de té arriba de la cama. Tiene los mechones rubios revolucionados y el cuello descubierto, sus claviculas se asoman disimuladamente a través de la musculosa manchada con acrilico celeste. Se pregunta por su integridad mental y las grandes cuestiones de la vida, como si la misma juventud que la bendice con energía y belleza la condenara a elegir entre todas las opciones, la que se supone la llevará a ser feliz. Lo que la condena en realidad, piensa, son las palabras que no puede ordenar. Esa selección que hace el cerebro cuando se decide a elaborar una respuesta entre tantas preguntas caprichosas. Prende un cigarrillo, lo sostiene entre las uñas pintadas de rojo y se mira al espejo con expresión preocupada. Se da cuenta que está arqueando las cejas, como si hubiera caído en su mente una idea con linealidad.  Escribe en el vidrio mientras se muerde el labio: “Deberán tener alguna razón los locos para no hablar (y lo bien que hacen)”.

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