Caminé hasta la quinta mesa, al final del pasillo de piedras naranja. Me senté en el asiento verde, entre un tacho azul desgastado y la puerta de rejas verdes. Observé llegar al paseador de perros pateando palomas con sus dogos y un bulldog marrón, con esa expresión medio enojado, triste y desalmado. Saqué el pan de ayer y tiré un par de migas al piso. Vinieron pájaros y se las comieron. Me acomodé los mismos anteojos que tengo hace unos veintiocho años y miré el reloj de mi padre para confirmar que eran las 11.08. Ese lunes, todo parecía ser como cada lunes: Tieso, naranja, rubio.
Me presento, hace ochenta y un años que me llaman Luis y hace quince que vengo a esta plaza por Vicente López.
Pienso que existe una delgada línea entre la rutina aburrida y los hábitos sanos y calculo que son unos treinta años. No importa que tan sano sea el hábito que tengas a los veinte, la sociedad te va a regañar por tener una rutina aburrida. Y no importa que tan aburrida sea tu rutina a los cincuenta, la sociedad siempre te va a felicitar por tener hábitos tan sanos. Como si fuera ilegal que un joven tenga una rutina aburrida y obvio que un viejo debe tener hábitos sanos. Como si fuese natural que los jóvenes deban patear las palomas y los viejos las alimentemos.
Se hacen las doce y me levanto para volver al geriátrico, me volteo y miro la mesa: las piedras naranja, el asiento verde y el bulldog marrón. Hasta el lunes.
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