Olivia es el rocío de los árboles cuando se emocionan con el canto de un pájaro en una mañana resplandeciente. Es el susurro del río mientras corre receloso por los causales hacia abajo. Necesita descender porque ya estuvo en lo más alto y aprendió todo lo que tenía que saber.
Olivia nace iluminada con una mente inocente y unas manos sin curtir. Escribe en la tierra con una piedra: “La vida por mi planeta”.
A Olivia el viento le sopló al oído todas las respuestas porque nació con el poder de hipnotizar a los monstruos, borrar las grandes distancias y defender a las víctimas que Dios se olvida.
Tiene varios años caminados sobre esos pies y otras centenas de vidas paseando por su mente. A veces peca de sentirse insignificante en el mundo que la rodea y se descubre imaginando que la Tierra la observa desde arriba mientras que, altanera, sonríe.
Esto le sucede porque la distrae el ruido que hacen el resto de las personas. A ellos los distrae el ritmo incesante de correr por dinero, pan y circo. Olivia se angustia cuando escucha sus quejidos, quienes lloran cuando falta, se ponen nerviosos cuando hay y se enojan cuando sobra. No existe en el mundo de los humanos un dejo de plenitud.
Olivia reflexiona que los hombres quieren cambiar pero no pueden porque sus almas aman más el crédito de sus actos que el efecto que producen. Ansían más el prestigio de difundir la averiguación de la solución que el hecho de crearla. Ignoran que todo lo nuevo que llega para ellos tiene que ser deseado con amor y dedicación.
Y lo demás -que no pueden percibir-, también.
Volvería a ser lo que soy: Una astronauta, no soy de tener los pies sobre la Tierra.
6.6.15
Agujeros negros mentales
Existe un fenómeno al que le puse nombre. Lo llamé agujero negro mental. Se trata de un túnel que desciende hasta el más oscuro vacío. Cuando una cae dentro de este hueco, literalmente se encuentra en un remolino. En espiral, cada pensamiento provocará otro pensamiento en cadena. No necesariamente dichos pensamientos tienen que estar conectados entre sí. A veces la conexión pende de un hilo invisible. Caer en los agujeros negros mentales propone un contratiempo en cada caída. El pensamiento puede cambiar al salir del agujero negro mental y tornarse más coherente que el inicial. Por lo menos, a simple vista. Es un desafío aprender a detectarlos y detenerlos antes de estar demasiado hundida en ellos.
Nací el día que toqué su rostro. No físicamente, claro. Ya había vivido un par de meses en un depósito de Almagro, aunque originalmente me ensamblaron en una fábrica de Paternal. Pero el día que llegué a sus pulmones fue mi primer recuerdo. Ella había salido del vientre materno tan sólo nueve días antes de conocerme. Era tan pequeña.
La primera vez que la ayudé a respirar se resistió un poco. Lloró mientras su mamá me presionaba contra su cara. De a poco fue dejándome entrar. El ruido de mi motor la adormecía y yo sentía que el mundo se expandía a mi alrededor cuando me dejaba espiar sus sueños.
A medida que fuimos creciendo –juntos- formamos un lazo más fuerte que el asma que nos unía. Ella me necesitaba. Yo la necesitaba a ella. Cuando nos separábamos, la esperaba, paciente, listo para ayudarla a respirar. A veces corría hacia mí como una niña asustada y yo tenía que esforzarme por encenderme rápido. Ni una sola vez le fallé.
Sin embargo, cuando se hizo más grande, fueron más los momentos de soledad. Tuve que entender que ella tenía una vida más allá de nosotros y acostumbrarme a la idea de que -quizás- algún día la iba a tener que dejar ir.
Pero ella era mi vida. Sus miedos, sus deseos, sus promesas, sus espasmos eran lo único que movilizaba mi motor.
De repente, empezó a espaciar nuestros encuentros. Me buscaba una sola vez en el fin de semana. A veces, ni siquiera. Empecé a darme cuenta de la verdad lentamente. Ella nunca me había amado. Nunca fui nada más que su broncodilatador.
Cuando ya tenía veinte años, me alzó y me cargó hasta la cocina. Aterrorizado, le grité que no me alejara de ella. Que no estaba listo para dejar sus pulmones. Que sus bronquios no iban a poder funcionar sin mí. Seria, me limpió una vez más y me colocó en una bolsa. Cuando me di cuenta que estaba dentro de un vajillero, intenté encenderme para hacerla razonar. No pude. Lo intenté otra vez. Tampoco.
No sé cuánto tiempo pasó desde ese momento hasta el día final. La desesperación se fue convirtiendo en odio a medida que la oscuridad avanzaba dentro de mí. Ella me había abandonado. El amor me cegó demasiados años hasta que lo pude ver.
Una noche, la luz me sobresaltó. Estaba recordando los momentos que había vivido con ella cuando volví a ver su rostro. Olvidé todo dejo de odio que había almacenado. Ella había vuelto por mí.
Me lavó una vez más y me llevó a su cama. Escuchaba su respiración entrecortada y sabía lo que significaba. Me preparó rápido, como cuando era pequeña y temía morir de asfixia. Pero cuando intentó encenderme, mi motor no respondió. Aguardó un momento y volvió a intentarlo. No lo logró.
Desesperado, me odié. ¿Por qué ahora? ¿Será que soy demasiado viejo? Maldito sea mi motor y mi minúsculo ser.
Ella no lo dudó. Después de probar mi interruptor dos veces más, me arrojó a la basura. Lloré al lado de la cáscara de zapallo y los pañuelos usados. No pasó demasiado tiempo hasta que recogieran la bolsa y la depositaran en un cesto más grande.
Estos son mis últimos momentos de razón. Sé que el fin se acerca y que va a doler, pero no tengo miedo. Sólo deseo que ella no necesite a nadie más. Imploro que mi existencia en su vida haya sido tan única como la de ella en la mía. Recuerdo por última vez el ritmo de su respiración. Me dejo ir.
El nebulizador
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