Volvería a ser lo que soy: Una astronauta, no soy de tener los pies sobre la Tierra.

6.8.13

Capítulo 1

1978, junio.
-Deja ya esa maldita maquina de escribir y sube a ver el mar.-refunfuñó Marcos esbozando una mueca grosera desde las escaleras. A su alrededor, la madera de roble inundaba el pasillo, lo hacía ver como esos grandes cuartos antiguos que aparecían en las películas que tanto le gustaban a José. Los clavos que alguna vez estuvieron pulidos y brillantes, esa mañana parecían más desgastados que de costumbre, lo que daba la escena la esencia de lo que realmente era: Un barco que pedía a gritos mantenimiento.
-No me dejas oír mis pensamientos.-José le lanzó entonces la mirada más desafiante que podía a Marcos. Y sólo para dejar en claro cuan molesta estaba, deslizo con sus uñas comidas un largo mechón más oscuro que el resto por detrás de su oreja, a la par que emitía un largo soplido de resignación.
Marcos entendió el mensaje y subió a regañadientes los altos escalones hacia la cubierta. El olor a peces era envolvente y ni siquiera la brisa salada que recorría su cuerpo pudo sacarle una sonrisa. Cerró los ojos. "Falta poco, Negrito"
"Negrito" era una de las pocas cosas que le había dejado su infancia. Es decir, una de las pocas cosas que gustaba recordar. Se trataba del sobrenombre que le había puesto su tía María, mientras lo miraba limpiar la chimenea sin mover ni uno sólo de los pesados músculos que llevaba encima. En ese entonces Marcos era más bajo que la mayoría de los niños de su edad, además de mucho más delgado, razón por la cual se le había asignado tan desafortunada tarea. El polvillo que le cubría la cara resaltaba con increíble nitidez sus grandes ojos café, en ese entonces más profundos y hasta un par de tonos más claros que los cansados que llevaba en el barco el día a día. María se encargaba con una dedicación maternal a limpiarlo una vez finalizado el trabajo, y algunas veces le regalaba un par de centavos, sólo para ver brillar sus ojos una vez más.
-Dime cuanto me quieres-Le susurraba sonriente. La anciana mujer estaba sola en el mundo. Y ese 1953, fue el año más frío de su vida. No encontró entretenimiento más allá de limpiar la casa, así que se paseaba por la casona del Palomar refunfuñando y retando a Marcos cada vez que podía. Se había enamorado de él la primera vez que lo había visto. Sentado en el cordón de la vereda contando ramitas, con tan sólo cuatro años. Quería al niño más que a nada, y cuando pereció, lo hizo triste, pensando en cuan abandonado lo estaba dejando en el mundo, y que con sus 17 años, esos pocos billetes y la casa que se venía abajo, muy lejos no iría a llegar.
Marcos miró el cielo mientras recordaba las arrugas de la mujer, en su pelo blanco como las nubes, y en esos anteojos tan gruesos que siempre olvidaba sobre la mesa de luz. En un lapso más corto del que podría haber disfrutado, se sintió completo por dentro, y hasta sonrió. "Cuan pocos son los momentos que quiero llevarme cada vez que viajo, pero que bien me hacen."

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