Volvería a ser lo que soy: Una astronauta, no soy de tener los pies sobre la Tierra.

6.6.15

Olivia es el rocío de los árboles cuando se emocionan con el canto de un pájaro en una mañana resplandeciente. Es el susurro del río mientras corre receloso por los causales hacia abajo. Necesita descender porque ya estuvo en lo más alto y aprendió todo lo que tenía que saber.
Olivia nace iluminada con una mente inocente y unas manos sin curtir. Escribe en la tierra con una piedra: “La vida por mi planeta”.
A Olivia el viento le sopló al oído todas las respuestas porque nació con el poder de hipnotizar a los monstruos, borrar las grandes distancias y defender a las víctimas que Dios se olvida.
Tiene varios años caminados sobre esos pies y otras centenas de vidas paseando por su mente. A veces peca de sentirse insignificante en el mundo que la rodea y se descubre imaginando que la Tierra la observa desde arriba mientras que, altanera, sonríe. 
Esto le sucede porque la distrae el ruido que hacen el resto de las personas. A ellos los distrae el ritmo incesante de correr por dinero, pan y circo. Olivia se angustia cuando escucha sus quejidos, quienes lloran cuando falta, se ponen nerviosos cuando hay y se enojan cuando sobra. No existe en el mundo de los humanos un dejo de plenitud.
Olivia reflexiona que los hombres quieren cambiar pero no pueden porque sus almas aman más el crédito de sus actos que el efecto que producen. Ansían más el prestigio de difundir la averiguación de la solución que el hecho de crearla. Ignoran que todo lo nuevo que llega para ellos tiene que ser deseado con amor y dedicación.
Y lo demás -que no pueden percibir-, también.

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